El viajero en moto Carlos Bogado nos regala esta pieza que nos lleva a “viajar” junto a él y Carolina Anrique, su pareja. Desde Los Alpes a La Vita è Bella. Un periplo soñado de 4.000 kilómetros. Impedible. De ensueño. Desde su puño, con el mismo que acelera su moto…
Habíamos soñado con este viaje durante años. Esta ruta nos llevó desde Barcelona hasta la Costa Amalfitana, cruzando los Alpes, tocando el cielo en el Stelvio, disfrutando de curvas infinitas en Las Dolomitas, reconfortando el alma en Florencia, degustando la Toscana con calma y rodando con desparpajo en la costa amalfitana.
Aquí vamos. Por si alguien siente que este camino también puede recorrerlo a través de este relato. La vida nos ha enseñado que, aunque sea difícil, las cosas no se pueden postergar por mucho tiempo o se corre el riesgo de no hacerlas nunca. No se trata de abandonar todo y salir a la ruta, se trata de reconocer que muchas veces pensamos que todo depende de uno y eso no es cierto. La verdad es que cuando ya no estemos, el mundo seguirá su curso sin siquiera inmutarse.

Los Alpes
Cuando se habla de rutas moteras, Los Alpes son el paraíso. Comenzamos el viaje en Barcelona y la primera parada fue Carcassonne, ciudad amurallada en la cima de una colina del área de Languedoc, en el sur de Francia, famosa por su ciudadela medieval, La Cité, que visitamos ya de noche, recorriendo sus callejuelas.
Al día siguiente partimos a darnos un paseo por las nubes mientras atravesábamos el viaducto de Millau, que además tuvimos la oportunidad de apreciar desde la distancia. Sin duda, una obra de ingeniería maravillosa: tiene 343 metros en su punto más alto y 2.460 metros de longitud. Su presencia allí no solo no desentona en absoluto con el entorno, sino que hace aún más impresionante el Valle del Tarn.

Seguimos atravesando Los Alpes en dirección a las cumbres que nos permitirían llegar a Italia a través del famoso “Passo dello Stelvio” para alcanzar “Le Dolomiti”, punto cumbre de esta primera etapa. En ruta, pasamos por el Col de la Machine. Una espectacular carretera que bordea y atraviesa, mediante curiosos túneles tallados en piedra cruda, el macizo de Vercors, en los Prealpes franceses. Es una de las llamadas “carreteras de balcón” en Francia; caminos de infarto, cortados en las laderas de acantilados escarpados.
De ahí continuamos a Suiza, para llegar hasta Chamonix. Suiza es preciosa. Todo es bonito, todo parece estar en su sitio exacto. En Chamonix pasaríamos un par de días condicionados por el clima, que este año parece haber adelantado el invierno. No podíamos dejar pasar una visita a Chamonix-Mont Blanc. Para ello, subimos en uno de los teleféricos más altos y con mayor ascenso vertical del mundo, construido en 1955, que sube hasta Aiguille du Midi, a 3.842 msnm, para ver de cerca al Mont Blanc. (El más alto del mundo es el Mukumbari, que sube al Pico Bolívar en Mérida, Venezuela, y alcanza los 4.765 msnm).

El clima nos dio un respiro y pudimos ver el Mont Blanc en toda su dimensión, en un día soleado precioso. Desde la cabina del teleférico, pudimos ver varios grupos de alpinistas haciendo trekking sobre el glaciar. Cada loco con su tema. Supongo que lo mismo dirán de los moteros.
Después de revisar las previsiones de lluvia para los próximos días, nos percatamos que el tiempo nos obligaba a cambiar la ruta, o nos encontraríamos con días de clima adverso en el Paso Stelvio y Las Dolomitas. Considerando que estos dos lugares eran las estrellas de nuestro plan de rutas, decidimos recortar camino y ganar un día, apostando a que encontraríamos un clima más conveniente para rodar en moto por esas zonas.
Efectivamente, nuestra ruta continuaría hacia Sankt Moritz, vía el Grimsel Pass y el Furka Pass, dos puertos de montaña preciosos, delicia de los moteros, que desafortunadamente nos tocaron bajo una pertinaz lluvia que nos acompañaría hasta Sankt Moritz. Llegamos empapados, con frío y agotados por las exigencias de una ruta empapada por la lluvia, que no nos dio tregua.

Las previsiones indicaban que vendrían dos o tres días de clima aceptable. Partimos entonces rumbo al Passo dello Stelvio con planes de llegar a Santa Cristina de Val Gardena, considerado uno de los pueblos más bonitos de Las Dolomitas.
Llegamos al Paso dello Stelvio con el pavimento mojado, con nieve, y fuimos afortunados, ya que un par de días después, el paso sería imposible para las motos. Como lo soñamos, llegar al punto más alto del Passo dello Stelvio es una maravilla, ya que permite ver desde arriba su espectacular carretera, que comienza con una secuencia de caracoles para luego descender por la ladera de la montaña como quien lanza trazos grises sobre un lienzo verde.

Todos los moteros tienen un ritual muy parecido al llegar arriba. Detienen la moto, se bajan, se quitan el casco y comienzan a hacer contacto visual entre ellos mientras mantienen una especie de sonrisa cómplice, como diciendo: «Lo hicimos y había que hacerlo». Aunque al fin y al cabo no es más que una carretera… ¡Pero qué carretera! Por supuesto nosotros no escapamos al ritual. Compramos calcomanías y algunos souvenirs para dejarlos como trofeos de recuerdo en nuestras motos y en el muro donde colecciono estampas de los viajes que hemos hecho. Después de las fotos de rigor, emprendimos la bajada.
El inicio de los caracoles lo hicimos con mucha precaución, ya que había posibilidades de hielo en la calzada. Luego, comenzamos a dar rienda suelta a la moto para ir superando curvas y contracurvas en codo, con algunos tramos rectos que se correspondían con los trazos sobre el lienzo del artista. Al final fueron en total más de 80 curvas para subir y bajar a este mítico puerto de montaña.
Finalmente, llegamos a Las Dolomitas, y debo ser honesto: no tenía ni idea de a lo que venía. Sabía, claro, que eran muy famosas entre los moteros y tal, pero lejos estábamos de imaginar la belleza de esa zona. Las Dolomitas son un conjunto de macizos montañosos en los Alpes orientales italianos. Es una de las zonas naturales más reconocidas de los Alpes, que alberga un parque nacional y nueve parques naturales. La verdad, quedamos impactados. Recorrer Las Dolomitas es, en verdad, increíble. Combina carreteras con infinitas curvas, con unas vistas estelares de montañas marmóreas impresionantes. Da lo mismo si miras a la izquierda o a la derecha del camino: las vistas son preciosas. Fuimos a Cinque Torri, La Cortina d’Ampezzo, el Paso Giau, el Paso Pordoi y el pueblito de Alleghe.
Culminamos esta etapa en el Lago di Garda, un bellísimo lago al pie de los Alpes que se formó al final de la última glaciación, en donde pasamos un par de días descansando, uno de los cuales estuvo lloviendo de nube a nube, día que aprovechamos para lavar ropa, reorganizarnos y trabajar.
Como no solo de kilómetros vive un motero, ahora pondremos rumbo a una de las zonas más bonitas de Italia, una de esas regiones que se prestan para hacer un alto en el viaje, bajar revoluciones, estacionar la moto y disponerse a celebrar la vida, con buen vino y buena comida.
Florencia & Amalfi
Dicen que cuatro ruedas mueven el cuerpo, pero que dos mueven el alma. Así que bajamos de Los Alpes y pusimos rumbo a la Toscana con la intención de parar la moto y disponernos a celebrar que la vida es bella. Degustamos vinos divinos durante visitas a bodegas que transmiten la pasión de sus enólogos, algunas ancestrales como la Cantina Antinori. Era francamente difícil determinar cuál de nuestros sentidos era el más idóneo para hacernos sentir la esencia más íntima de la Toscana: si nuestra vista, mientras teníamos a disposición colinas bajo el sol de una tarde toscana, o nuestro paladar, tras los sorbos de un buen Chianti.

Una de esas tardes soleadas terminó en un anochecer lluvioso que pasamos haciendo un picnic en el jardín del Castello di Gabiano, con una botella de Chianti Classico Riserva de sus bodegas, comiendo prosciutto, queso pecorino con pistacho, pan y miel, escuchando canciones de Andrea Bocelli, y todo maridado con una vista preciosa de la Toscana, esta vez bajo la lluvia. Fue una noche mágica, de emociones a flor de piel.
Antes de llegar a la Toscana, visitamos la torre inclinada de Pisa y dos museos espectaculares, cada uno a su manera, en donde pudimos apreciar obras de arte hechas por verdaderos genios: el museo Ferrari en Maranello y el Museo de la Academia en Florencia. En el primero nos deleitamos con obras de arte de ingeniería del automóvil, pasando desde Ferraris clásicos hasta los Formula 1 que han encumbrado pilotos y en el segundo, pues, apreciar la genialidad de Michelangelo en una de sus obras cumbres, el David, una perfección imposible de repetir que compite con cualquier maravilla del mundo. Es una obra tan bien lograda que por instantes da la sensación que va a soltar la piedra que tiene en la honda con la que derrotó a Goliath. El propio Michelangelo dijo que solo le faltaba hablar.

Salimos de la cuna del renacimiento totalmente renovados, rumbo a la Costa Amalfitana y en ruta visitamos pueblos como San Gimignano, Greve in Chianti, Colle di Val D’Elsa y Pienza. Quedamos extasiados viendo la vista al Val D’Orcia desde Pienza, un amplio valle patrimonio de la humanidad, hoy día además famoso porque allí se filmó la escena final de El Gladiador. Mientras recorríamos por última vez las rutas típicas de la Toscana, soltamos un suspiro como quien ya sabe que han quedado grabados en la memoria, momentos inolvidables de este viaje. ¡Qué viaje!
Desde que entramos a Nápoles notamos que el Sur de Italia es otra cosa. Desde el tráfico al bullicio, desde la forma de manejar que no tardamos en imitar por aquello de que, donde fueres haz lo que vieres, hasta la idiosincrasia que proviene de quienes viven en la costa bajo el sol y la humedad que emana del mar. Le preguntamos a una napolitana si no les preocupa vivir a las faldas del Vesubio después de lo que le pasó a Pompeya, a lo que nos respondió: «Los napolitanos no pensamos». En realidad, ella quería decir «no pensamos en eso», pero nuestras carcajadas dejaron la frase sin terminar.

La carretera que surca la costa Amalfitana es una belleza. La recorrimos par de veces desde Sorrento a Maiori ida y vuelta. Cambiamos nuestras motos por un par de scooters y nos divertimos a tope, recorriéndola tal como hacen los napolitanos; adelantando en contraflujo y serpenteando entre autos y autobuses. Hablamos fuerte, gesticulamos con desparpajo y cometimos imprudencias al volante de esos scooters, como también hacen los napolitanos. Tenía tiempo que no me divertía tanto y es que una moto de 250 kgs es algo serio, pero un scooter es diversión pura. Visitamos algunas de sus playas y como solo se puede decir que has estado en los lugares dónde te has bañado, nos bañamos en las playas empedradas de Amalfi, de Maiori y de Capri.
La Costa Amalfitana es preciosa pero sus playas, resultado de acantilados bruscos y escarpados, distan mucho de las playas largas de arena suave del caribe, a las que estoy acostumbrado. Capri es una perla rodeada de una mar turquesa intenso. Un imperdible. Ya de salida, volvimos a hacer la ruta de la costa Amalfitana una vez más, pero esta vez en nuestras motos. El tráfico hizo este tramo mucho más lento, ya que adelantar con estas motos es mucho más difícil que en scooter. Después de Maiori ya la ruta a Salerno fue más fluida y nos dio la oportunidad de disfrutarla con más soltura.



Epílogo
Terminamos cruzando el mediterráneo en un ferry que nos llevó de Civitavechia a Barcelona, en el cual hicimos una cura de sueño que nos permitió reponernos de 30 días y poco más de 4.000 kms. de viaje. La verdad fue un viaje maravilloso que disfrutamos a tope y aunque la lluvia amenazó con aguarnos algunas rutas, supimos sortearla con ayuda de los radares de lluvia y un poco de suerte, para salvar algunos tramos y disfrutar con esplendor de otros.
Terminamos con el corazón lleno y las motos intactas, que ya es bastante. Nos queda la sensación de haber vivido algo grande, de esos capítulos que no se repiten igual dos veces. No sabemos cuánto más durará esta manera de viajar ni cuántos kilómetros quedan por delante, pero sí sabemos que cada vez que salimos a la ruta, volvemos un poco distintos. Y mientras eso siga pasando, habrá razones de sobra para seguir rodando.
